miércoles, 16 de mayo de 2012

BINOMIO FANTÁSTICO


Me lo contó mi abuelita
era septiembre y llovía

tengo en la mano una flor
cargadita de alegría....


La Noche y el Barrilete

Juan José apagó la televisión muy tarde. Tan lentamente y en silencio como pudo, se escabulló de la cocina a su habitación. Minutos antes le había mentido a mamá que necesitaba las hornallas bien calientes para un experimento de ciencias.
“ - Está bien, pero no te quedes hasta tarde hijito. Y no vayas a prender la tele, ya sabes que si tu papá se llega a levantar a media noche y te encuentra con la tele prendida se va a enojar mucho. ¿Si, mi hijito?”
Entre la cocina y la habitación de Juan José hay un patio grande, es un patio de cemento; este tramo de la casa está destechado, el último viento norte de Agosto hizo volar las chapas mas allá de las plantas de ciruelas.
Recuerdo bien que me saqué las zapatillas, puse la olla de hierro en la alacena y me deslicé entre las sillas, apagué la luz y el frío me helaba los dedos. Una tapa se resbaló y golpeó las tazas.
- ¡Que no se despierte, que no se despierte rogué!
Cerré la puerta de chapa y le puse seguro para que los gatos en la noche no la empujaran y se dieran un deleite con las tripas que mamá había dejado colgadas, para el locro del veintitrés.
Tras de la ventana de la habitación principal, se oye trepar un ronquido fuerte, un ronquido como de toro. Nunca supe como mamá hacía para dormir con mi papá-toro, papá-morsa, papá-rastrojero. Di cinco pasos pegaditos a la pared... y ahí levanté la cabeza. Arriba del techo, en el borde de la canaleta, se veía a mi barrilete en la penumbra. – Y no me pregunten como llegó allí- Me quedé estupefacto, las zapatillas en la mano, la vista clavada en el barrilete, de pronto un grito rodó como cadenas y al ratito nomás los perros salieron chumbeando pal’ fondo – ¡ciu a la miércoles! Ahora se despierta el papá y me caga cintazos- Pensé bien, me dije: si no sacó el barrilete ahora, mas noche viene un ventarrón, porque está rasito y se lo lleva; encima capaz que cae en la casa de Carlitos y ese no te devuelve nada. ¡Hijo de mil! Si yo estoy seguro que todavía tiene mi pelota roja.
Me puse las zapatillas aprovechando el ruiderío de los ronquidos de papá y los ladridos de la Camila y el Timoteo; fui subiendo por la reja de la ventana de la cocina, hasta la canaleta. Cuando ya estaba arriba, vi la noche... Al fondo de la casa, está negro, ese negro que solo se siente en Agosto. Una vez el abuelo José me contó que las noches de Agosto son tan negras que no hay que mirarlas de frente; es mejor santiguarse y cruzar rápido. Yo ya estaba en el techo y me había hecho como tres persignadas, dándole la espalda al negro noche del fondo de mi casa.
Estiré la mano cuanto pude y sentí el delgadito papel de mi barrilete, despacito, muy despacito para no romperlo, lo fui desenredando; es que lo había hecho volar lejos esa tarde, más allá de alto que los pinos y había mucho hilo enredado.
De un salto estuve abajo, como me latía el corazón, tum-tum, tum-tum, tum-tum; creía que si seguía latiendo tan fuerte la despertaba a mamá. Las mamas pueden oír a miles de kilómetros los latidos fuertes de sus hijos, pero esa noche tuve suerte, los ronquidos de papá tapan cualquier cosa.
Me escabullí a mi pieza con el barrilete bajo el brazo, lo único que me costó fue el hilo que se había quedado tirado por todo el patio; lo fui metiendo tirando desde adentro, no era cuestión de desperdiciar tanto hilo tampoco. Sin prender la luz de mi habitación me acosté sobre la cama, con mi barrilete pegado al pecho, estuve así un rato, serenando los latidos de mi corazón y atento a los ronquidos y ruidos de la pieza principal.
Estaba oscuro esa noche, miré de soslayo la ventana y no se veía nada, noche cerrada de Agosto.
Volviendo a ese comentario de la noche, quisiera decirles que una noche de Agosto sin Luna, es lo mas negro que puede haber, porque hay noches azules como las de Septiembre, que es el mes que sigue; pero el mes anterior en sus noches mete miedo y eso fue lo que sintió  Juan José esa noche. Se arrepintió mil veces de haberse quedado viendo la televisión hasta tarde, con esa películas que tan tonto lo hacían; se arrepintió de todo, estaba tan lamentado que casi se pone a rezar, cuando....
“¡No sabes! el barrilete...” Fue como una brisa. Brisa tenue, cálida, brisa-caricia. El barrilete comenzó a brillar, se movía entre sus brazos, tratando de zafar. Él se quedó inmóvil unos segundos, contuvo la respiración y rogó por un momento que su corazón latiera tan fuerte como para que mamá, se despertara...  pero no. El barrilete se fue deslizando entre sus piernas, sintió como el delgado papel se le fue escapando de las manos, cerró los ojos y el barrilete le rozó con la cola la cabeza. Él hizo una mueca y un gesto rápido, como de levantarse y nada... Solo fue un gesto, que lo dejo con la cabeza a media asta mirando al barrilete de frente, elevarse desde sus pies. El barrilete cabeceó de lado a lado, como pidiendo hilo; Juan José agarró el cordel y lo remontó un poquito, un poquito nomás... Ahí nomás empezó a brillar, entonces él se animó mas, le dio hilo y el barrilete iluminó la habitación. Lo sostuvo fuerte, pensó que si no lo agarraba éste se daba contra el armario de enfrente y ahí sintió el golpe... Se sostuvo cuanto pudo y en ese instante mismo se elevó agarrado del hilo. Ya estaban los dos arriba, él feliz de volar de nuevo y Juan José navegando como gran piloto entre las aristas de la habitación; en esa extremidades del techo pudo por fin manotear los zancudos y sacudir las telas de arañas. El barrilete pidió más hilo, Juan tomó valor y bajó agarrado de la cola; tiro de un lana suelta del pulóver que le había tejido la Abuela, ató un extremo a la cama y el resto lo anudó al hilo del barrilete. Este empujó la puerta del dormitorio hasta que la abrió y juntos, Juan y el barrilete surcaron el aire del patio y el techo de la casa grande. Desde abajo los perros ladraban a coro y una lechuzas de las grandes les chistó desde el pino de enfrente. Nada detuvo el vuelo con luz de esa noche.
Barrilete y yo miramos al fondo, ya no le tuvimos miedo a la noche de Agosto, nuestra luz iluminó todo el campo; desde los cañaverales hasta las plantas de ciruelas. Pero ya se había hecho tarde, yo miré a la casa y ahí la vi a Mamá en camisón, remontándome a mí y a barrilete hasta la cama, muy en silencio; guardando de que Papá no se despierte. Al llegar abajo y poner los pies en el suelo, ella me besó la frente, me sacó las zapatillas y me sonrió de la manera mas dulce. Tomo a barrilete y me dijo: “Yo te lo guardo Juancito, vos dormí que una de estas noches, yo te prometo que te sacó a volar de nuevo”.
Así, las noches de Agosto, se cambiaron para mi, ya no son tan negras y yo ya sé volar atado a la cama; a veces como ya estoy viejo, en recuerdos vuelve Mamá a darme besos en la frente y cuidarme de no quedar atrapado en las canaletas de los techos vecinos.
Y mi barrilete encendido de luz, se apaga en las mañanas.

Juanjo Aramayo





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