Taller de teatro escolar “Cerca del sol”
Esta experiencia-taller de teatro se
realizó en una escuela ubicada a más de 3000 metros de altura, en la provincia
de Jujuy, en lo que se denomina “la Puna”. Se trata de la escuela Nº 363 de la
localidad de Puesto Sey (Dpto. de Susques). Allí se encontraban trabajando un
antropólogo y una profesora en Ciencias de la Educación. Los habitantes de
Puesto Sey se distinguían de pertenecer a la Gran Comunidad Atacameña, antigua
población que ocupaba y aun ocupa, la región norte de Chile y parte de la
cadena de los Andes en su extremo norte, en el territorio Argentino. Dicha
comunidad Atacameña está realizando una revalorización de los saberes heredados
y de su relación con la tierra. Se han agrupado y formaron cooperativas de
trabajo que se interrelacionan con las comunidades aledañas para reproducir los
beneficios de poseer la tierra y trabajarla en su provecho. En este contexto,
recibo la invitación para dictar un taller de teatro.
Cabe aclarar, que aun atravesaba los
últimos pasos en la carrera de teatro. Cursando cuarto año de la primera
promoción del Profesorado de artes en Teatro, perteneciente al ISFD Nº 4 de San
Salvador de Jujuy. Aunque mi experiencia en “lo teatral” ya había hecho su
inicio mucho antes del cursado de la carrera. El arte teatral lo transité
haciéndolo. Formaba parte de un grupo de teatro y fue allí, en la práctica,
donde tomé las herramientas para aprender a comunicarme de otra manera, con
otras formas. Aunque recordando, ya desde muy niño, junto a mi hermano,
hacíamos del patio de la casa
un
laberinto mágico,
una
jungla,
el
fondo del mar,
la
Vía Láctea y ficciones parecidas.
Fue
el arte teatral lo que me llevó a querer aprender de su mecanismo, de su
alfabeto, de su manera de hacerse. Y fue también el teatro el que me dispuso a
entrar en el aula para compartir su hacer con los chicos.
La decisión de aceptar este espacio en la
escuela de Puesto Sey, parte de creer, junto con mis compañeros de promoción de
aquellos años; que éramos responsables de intervenir en la escuelas con mayor
decisión, ya que los espacios que se nos brindaban eran muy pocos.
¿Cómo
resolver, entonces, el intricado camino de la llegada del teatro a las
escuelas?
Desde la inclusión de los contenidos básicos en la nueva ley, a la
creación de la carrera en las ofertas de los Institutos de Formación Docente y
la falta de espacios que se administran en las ofertas curriculares
provinciales, con total omisión en aquellos años de la lenta burocracia educacional. A ello se suma la falta de responsabilidad que el Profesorado de
Artes en Teatro y el ISFD Nº 4 de Jujuy demostraban al no intervenir
institucionalmente para que sus alumnos establecieran sus prácticas y
residencias en los espacios necesarios. No existía una política institucional
de apoyo, ni los mínimos acuerdos, para que los futuros egresados accedieran a
las prácticas en las escuelas. Así, ante este mapa de relación institucional,
la falta de espacios para la intervención áulica y el ofrecimiento de la
comunidad fue como llegué ante los niños de Puesto Sey,
ávidos de jugar,
de
jugar al teatro en su Escuela.
En el libro “Historia natural y moral de
las Indias”, de Joseph Acosta, se menciona: “...hubo en las indias gran
curiosidad de hacer ídolos y pinturas de diversas formas y diversas materias, y
a estas adoraban por dioses (...) Creo, sin duda, que el demonio, en cuya
veneración las hacían, gustaba de hacerse adorar en figuras mal gestadas...”
Siempre,
en mi relación natural e instructiva escolar me creí que Colón había
descubierto América. Ahora, no tan lejos del infortunio que trajo dicha
conquista a estas comunidades, me encuentro reconociendo mis rasgos, ritmos y
voces en los chicos de la puna jujeña. Pero aun, estas cuestiones sabidas por
mí hace tiempo, no sirvieron de alerta de mis pasos ante los
alumnos de la Escuela nº 363.
Mis colegas, conocedores de la zona, me habían
advertido de la profunda relación que los niños de Puesto Sey tenían con la
tierra,
sus colores,
sonidos, ritmos e historias.
Y claro, allí estaba la
Pachamama resguardando lo suyo.
El contexto proponía una diversidad
preponderante y extrema. Ante esto, me armé de Vigotsky y todo el
constructivismo, también me encontraba seguro, puesto que ya había trabajado
con niños de la misma edad en otras experiencias. Mis herramientas fueron la
Murga y su color, ritmo y sabor. No podría fallar a la hora de “conquistarlos”.
Ni qué decir de los Títeres de sombra y las historias de Javier Villafañe que
llevaba bajo el brazo. Así que, al llegar a la escuela un domingo a la
madrugada, me recosté a descansar seguro de que mis experiencias los dejaría
atónitos al comenzar el día.
“Por la mañana, de riguroso celeste se
vistió el cielo”. La escuela profundamente blanca, como sus guardapolvos
contrastaban con sus caritas curtidas por el viento, el frío y el calor extremo
de estas latitudes. “Alta en el cielo”, “buenos días señorita directora”,
“niños al comedor para el desayuno”, fueron frases y movimientos precisos que
el grupo escolar ejecutó con mucha disciplina. Acto seguido, nos conocimos en
el aula presentados por los maestros que, como nosotros, estarían toda la
semana viviendo en la escuela, hasta el viernes, que regresaría el único
colectivo que llega hasta el poblado.
Saludé a los chicos (estaba con los del grado mas alto, es decir, con
los de 6º y 7º). Para romper el hielo los invité a un espacio más grande a
dónde nos pudiéramos sentar en el piso y tuviéramos lugar para jugar. Allí armé
una ronda dónde iniciamos un juego de presentación. Luego de conocer sus
nombres y movernos un poco para entrar en calor y generar un ambiente propicio
para desinhibirse, traje mi “zurdo” (que está muy vistosamente pintado) y un
silbato. Les expliqué que este espacio circular que habíamos logrado serviría
para expresarnos a partir de los ritmos y canciones de la Murga.
Mi “conquista” había comenzado. Desandé
ritmos y explicaciones hasta con danza de la murga ríoplatense y de cómo esta
expresión comunicaba los conflictos y problemas del pueblo. Sus miradas
atónitas me hicieron presumir que los había “conquistado” con toda mi
grandilocuencia y efectividad a la hora de trabajar con chicos.
Respuesta:
¡Nada!, ni un solo movimiento, ni una sola expresión.
“La cultura del
silencio”, me dije, remontando a todo los motes con que nos clasificaron por
años en los estudios sobre las comunidades del noroeste.
Pero la “nada” fue provechosa. Me movilizó
y decidí invitarlos a que trajeran los instrumentos que tenían en la
biblioteca. Corrieron hasta allí, y en un momento, ya tenía junto a mí a dos
guitarreros, un charanguista, un sikus, unas sampoñias, unas quenas y un bombo.
Casi sin decir nada los chicos se pusieron a tocar y cantar. Acto seguido
procedí a sentarme encima del “zurdo” y a escucharlos con muchísima atención,
“conquistado” con sus ritmos y su muy buena ejecución. El momento fue
riquísimo. Al instante acordamos que sus ritmos y los míos serían uno solo, y
jugamos a armar coros, cantando a ritmo de huayno, cueca, erkencheada, anateada
y carnavalito. Ellos se expresaron sobre sus cosas y sobre lo que tenían ganas
de contar y decir de su extenso territorio, el territorio argentino, el más
alto que he visto. Para tamaña experiencia necesitamos de cuatro mañanas (con
módulos de 2hs. reloj). Trabajábamos en el taller de murga de instrumentos
andinos que denominamos “wayrusiña” (que en aimara significa juego).
La segunda experiencia fue con los chicos
de 3º, 4º y 5º. En un solo grupo, nos encontrábamos en la segunda mitad de la mañana,
luego del recreo largo. Para ellos había preparado juegos expresivos que nos
llevarían a montar obras cortas en títeres de sombra. La presentación fue
ansiosa y la respuesta a los juegos de integración fue muy buena. Acto seguido
nos sentamos en ronda para escuchar una obrita de Villafañe, que nos
serviría para comenzar a preparar los títeres y jugar a mostrar una historia.
Otra vez la misma impresión, el silencio de la escucha y lo extraño que les
pareció la obra “El fantasma”. Otra vez falló mi “disparador”, pensé. Y
nuevamente me dispuse a escucharlos.
Es necesario que haga esta aclaración.
Meses atrás había formado parte del equipo de trabajo de la Red de microcentros
rurales, un proyecto de la secretaría de educación de la provincia de Jujuy,
donde una de sus excelentes docentes (dicho sea de paso, docente de artística),
la profesora "Teresita" de Azcarate, me invitó a participar. En el proyecto se
brindaba un espacio de arte donde pudiéramos trabajar con los diferentes
establecimientos a visitar, interviniendo en talleres con diferentes lenguajes
artísticos. Allí comprendí que no existe una sola forma de escuchar, que uno
debe abrirse con todos los sentidos, a lo que nos entregan los chicos en el
aula, con el equipo visitamos numerosas escuelas del interior de la provincia
de Jujuy. Allí, los alumnos de diferentes maneras y formas contaban sus
historias y vivencias en los ambientes rurales.
Echando mano a estas experiencias me
dispuse a preguntarles a los chicos sobre los relatos que les contaban sus
abuelos, sus padres o lo que habían escuchado de otros. Les propuse que si
ellos me contaban una historia, yo les contaría otra que me había contado mi
abuela. El intercambio fue riquísimo, la variedad de historias fue
impresionante. Contaron, por ejemplo: del zorro y sus travesuras con las
señoras, de la Pachamama protectora, y de las piedras con luz que "despistaban" del camino a los viajeros. Con todos estos relatos decidimos armar grupos y
jugar a teatralizar estas historias. Para ello nos dispusimos a armar los
personajes y el teatrillo donde los mostraríamos. Se necesitaron cuatro
encuentros de dos horas reloj y una noche de ensayo (con los chicos que estaban
en el albergue de la escuela), para terminar con el taller que mostró lo
aprendido a sus compañeros.
Ante tamaña práctica con los chicos de
Puesto Sey, me quedan algunas certezas. El teatro es una posibilidad de
expresión más que favorable en cualquier escuela. Pero es necesario tener muy
claro el contexto donde se van a desarrollar los encuentros; los saberes
previos nos ayudan a re-crear nuestros objetivos y contenidos de clase. Además
de comprender que para las comunidades del noroeste es muy importante la
preservación de la memoria y la transmisión y comunicación de sus valores
culturales e identitarios, como forma de reconocimiento y afirmación de su
autodeterminación. La escucha, es el contenido preponderante y la expresión
teatral, el código justo para que los chicos puedan aprender y aprenderse, así
como para nosotros los docentes, que nos lanzamos a la conquista, para ser
conquistados. De hecho, como nos dice Gianni Rodari: “En el juego de los niños
desaparecen los maestros, los guías, los monitores: sólo hay participantes.
¿Qué podemos hacer los adultos? ¡Dejarnos guiar por los niños, confiar en
ellos!”
Juanjo
Aramayo



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